martes 13 de marzo de 2012
"Tres copas y un mal trago" (relato) por JUANJO JULIÁ DE AGAR
TRES COPAS Y UN MAL TRAGO
Se acercó al mueble bar y cogió una botella de rioja que abrió no sin dificultad. Esas cosas solía hacerlas Alex. Colocó El vino junto con dos copas en la mesa del salón y llenó una de ellas. No podía tardar mucho. Era jueves y como todos los jueves vendría directamente del trabajo, se pondría el pijama, las zapatillas y bajaría a la cocina para cenar alguna cosa antes de ponerse a ver la tele. Los martes y viernes era distinto pues esos días le tocaba paddle y no llegaba hasta mucho más tarde, las más de las veces ya cenado, listo para meterse en cama. Esa era la rutina. Siempre igual desde hacía al menos tres años.
Oscar ya tenía cinco años y se acababa de dormir, era un niño alegre y precioso. Desde que nació todo giraba alrededor suyo. La vida se había vuelto más aburrida: Ya no salían de marcha, ni iban al cine, ni compraban flores y tan solo hablaban lo necesario. Eso que llaman “amor”… se había acabado. Oscar crecía en una atmósfera tranquila donde no le faltaba de nada.
Dio un trago al vino, y luego otro. Estaba rico. Era un reserva del 94, suave en la boca, con un cierto regusto a avellanas. En realidad lo necesitaba pues de hoy no pasaría. Estaba dispuesta a dejarlo todo claro. Ya no más mentiras ni hipocresías. Ya no aguantaba más. Oscar necesitaba a su padre pero ella no necesitaba a su marido, así que no sería difícil llegar a un acuerdo.
Alex, tal y como estaba previsto no se hizo esperar. Serían casi las nueve cuando oyó la puerta de la entrada que se cerraba acompañado de unos pasos que se dirigían a la escalera.
-¡Alex!, ven al salón un momento por favor. Tenemos que hablar.
-Sí, cariño. Me pongo cómodo y ahora bajo.
Como odiaba que la llamara “cariño”… Sonaba a ironía, a mentira. Es curioso cómo una palabra tan dulce puede llegar a perder con el tiempo todo su significado, transformándose en un puñal hiriente, casi en un insulto. Esta vez no contestó nada y esperó.
-Hola cariño. ¿Pasa algo grave?
-Ya te he dicho que no me llames así Alex. No, no pasa nada grave, tan solo hablar contigo. Sírvete una copa y siéntate.
-No entiendo cómo puede molestarte que te llame cariño, además es que me sale sin pensar. No lo puedo evitar.
Por un momento la sangre se le subió a la cabeza, pero tuvo la fuerza para no contestar. No pretendía entablar otra discusión por una estupidez como esa. Esta vez quería que hablaran con frialdad y otra pelea lo estropearía todo.
-Mira, Alex, supongo que coincidirás conmigo que las cosas no nos van bien como pareja. Al menos en eso estarás de acuerdo. ¿No?
-¿Por qué dices eso? Claro que nuestra relación ha cambiado… Pero eso es hasta cierto punto normal.
-Ah, ¿Sí…? Tú ves normal que haga ya dos años que no hacemos el amor.
-No hace tanto…
-Dos años y veintisiete días exactamente. Fue por tu cumpleaños.
-Veo que llevas la cuenta. No voy a discutir pero no soy yo quien tiene la culpa de eso, quiero decir…
-No se trata de culpables. No lo hacemos porque no. No nos apetece porque ya no hay amor entre nosotros. Vamos ni amor ni nada. Nuestra vida de pareja se ha acabado.
-Pero…
-¡Déjame hablar!.
Necesitaba tranquilizarse. Sabía que si se alteraba no llegaría a buen fin y si le dejaba hablar iban a acabar mal, así que llenó las copas nuevamente y tras un breve suspiro prosiguió.
-Mira Alex. Después me rebates si quieres o expresas tu opinión pero déjame que te cuente lo que quiero decirte. No me interrumpas. ¿Vale? No hace falta que disimules más. Lo sé todo.
En ese momento se hizo un silencio. Sintió como el cuerpo de Alex se relajaba, por un momento parecía desplomar y por supuesto no tenía preparada ninguna respuesta que dar ante la contundencia de su esposa. Así que bajó la cabeza y como un niño de cinco años se puso a llorar desconsoladamente.
-Te repito que no pasa nada, no te preocupes.
Mientras le acariciaba con dulzura, continuaba hablando.
-Estoy segura que Isabel es una mujer bellísima y que te hace feliz. Yo me alegro de corazón por ti y puedes seguir disfrutándola si quieres.
Cuanto más trataba de calmarlo, más lloraba Alex.
-No es necesario que nos separemos. Seremos más amigos que nunca. Además yo también he encontrado a un chico que me gusta muchísimo. Quedamos también los martes y viernes. ¿No es fantástico? Nada ha de cambiar. Podemos seguir siendo felices.
Mientras rellenaba las copas por tercera vez, Alex comenzó a calmarse.
-Sabía que lo entenderías, por eso he decidido dar este paso. Es lo mejor para los dos. Nuestro hijo nunca sufrirá por una separación como ocurre a menudo en estos casos y seremos una familia ideal. ¿Qué te parece?... ¿No dices nada?... Piénsalo si quieres y verás cómo es la solución perfecta.
Alex parecía haberse calmado. Cogió su copa, suspiró, y bebió lentamente mientras decía:
-Ahora ya no me importa nada contártelo. Ni si me crees o no. Desde que nació Oscar no me habías acariciado como lo has hecho ahora, porque desde entonces, o quizá desde antes yo había dejado de existir para ti. Intenté muchas veces acercarme, hablarte, acariciarte, pero era imposible. Nunca te he engañado. Todas las sospechas que tú dices haber comprobado, las fui creando yo intencionadamente para producirte celos, y así llamar tu atención. No había tenido en cuenta la posibilidad de que no me quisieras o nunca quise aceptarlo. Lo siento. Me ha salido mal… Me equivoqué. O quizás no…
-Pero..
-No. Ahora sí que todo ha terminado. No más mentiras.
-Por favor. Piensa en Oscar.
-En él pienso.
Se levantó despacio. Se dirigió hasta la puerta y se marchó.
-No te vayas. Por favor.
Esas fueron sus últimas palabras. Se quedó petrificada y una idea absurda le ocupaba la mente. Por primera vez creía estar enamorándose de él.
Se acercó al mueble bar y cogió una botella de rioja que abrió no sin dificultad. Esas cosas solía hacerlas Alex. Colocó El vino junto con dos copas en la mesa del salón y llenó una de ellas. No podía tardar mucho. Era jueves y como todos los jueves vendría directamente del trabajo, se pondría el pijama, las zapatillas y bajaría a la cocina para cenar alguna cosa antes de ponerse a ver la tele. Los martes y viernes era distinto pues esos días le tocaba paddle y no llegaba hasta mucho más tarde, las más de las veces ya cenado, listo para meterse en cama. Esa era la rutina. Siempre igual desde hacía al menos tres años.
Oscar ya tenía cinco años y se acababa de dormir, era un niño alegre y precioso. Desde que nació todo giraba alrededor suyo. La vida se había vuelto más aburrida: Ya no salían de marcha, ni iban al cine, ni compraban flores y tan solo hablaban lo necesario. Eso que llaman “amor”… se había acabado. Oscar crecía en una atmósfera tranquila donde no le faltaba de nada.
Dio un trago al vino, y luego otro. Estaba rico. Era un reserva del 94, suave en la boca, con un cierto regusto a avellanas. En realidad lo necesitaba pues de hoy no pasaría. Estaba dispuesta a dejarlo todo claro. Ya no más mentiras ni hipocresías. Ya no aguantaba más. Oscar necesitaba a su padre pero ella no necesitaba a su marido, así que no sería difícil llegar a un acuerdo.
Alex, tal y como estaba previsto no se hizo esperar. Serían casi las nueve cuando oyó la puerta de la entrada que se cerraba acompañado de unos pasos que se dirigían a la escalera.
-¡Alex!, ven al salón un momento por favor. Tenemos que hablar.
-Sí, cariño. Me pongo cómodo y ahora bajo.
Como odiaba que la llamara “cariño”… Sonaba a ironía, a mentira. Es curioso cómo una palabra tan dulce puede llegar a perder con el tiempo todo su significado, transformándose en un puñal hiriente, casi en un insulto. Esta vez no contestó nada y esperó.
-Hola cariño. ¿Pasa algo grave?
-Ya te he dicho que no me llames así Alex. No, no pasa nada grave, tan solo hablar contigo. Sírvete una copa y siéntate.
-No entiendo cómo puede molestarte que te llame cariño, además es que me sale sin pensar. No lo puedo evitar.
Por un momento la sangre se le subió a la cabeza, pero tuvo la fuerza para no contestar. No pretendía entablar otra discusión por una estupidez como esa. Esta vez quería que hablaran con frialdad y otra pelea lo estropearía todo.
-Mira, Alex, supongo que coincidirás conmigo que las cosas no nos van bien como pareja. Al menos en eso estarás de acuerdo. ¿No?
-¿Por qué dices eso? Claro que nuestra relación ha cambiado… Pero eso es hasta cierto punto normal.
-Ah, ¿Sí…? Tú ves normal que haga ya dos años que no hacemos el amor.
-No hace tanto…
-Dos años y veintisiete días exactamente. Fue por tu cumpleaños.
-Veo que llevas la cuenta. No voy a discutir pero no soy yo quien tiene la culpa de eso, quiero decir…
-No se trata de culpables. No lo hacemos porque no. No nos apetece porque ya no hay amor entre nosotros. Vamos ni amor ni nada. Nuestra vida de pareja se ha acabado.
-Pero…
-¡Déjame hablar!.
Necesitaba tranquilizarse. Sabía que si se alteraba no llegaría a buen fin y si le dejaba hablar iban a acabar mal, así que llenó las copas nuevamente y tras un breve suspiro prosiguió.
-Mira Alex. Después me rebates si quieres o expresas tu opinión pero déjame que te cuente lo que quiero decirte. No me interrumpas. ¿Vale? No hace falta que disimules más. Lo sé todo.
En ese momento se hizo un silencio. Sintió como el cuerpo de Alex se relajaba, por un momento parecía desplomar y por supuesto no tenía preparada ninguna respuesta que dar ante la contundencia de su esposa. Así que bajó la cabeza y como un niño de cinco años se puso a llorar desconsoladamente.
-Te repito que no pasa nada, no te preocupes.
Mientras le acariciaba con dulzura, continuaba hablando.
-Estoy segura que Isabel es una mujer bellísima y que te hace feliz. Yo me alegro de corazón por ti y puedes seguir disfrutándola si quieres.
Cuanto más trataba de calmarlo, más lloraba Alex.
-No es necesario que nos separemos. Seremos más amigos que nunca. Además yo también he encontrado a un chico que me gusta muchísimo. Quedamos también los martes y viernes. ¿No es fantástico? Nada ha de cambiar. Podemos seguir siendo felices.
Mientras rellenaba las copas por tercera vez, Alex comenzó a calmarse.
-Sabía que lo entenderías, por eso he decidido dar este paso. Es lo mejor para los dos. Nuestro hijo nunca sufrirá por una separación como ocurre a menudo en estos casos y seremos una familia ideal. ¿Qué te parece?... ¿No dices nada?... Piénsalo si quieres y verás cómo es la solución perfecta.
Alex parecía haberse calmado. Cogió su copa, suspiró, y bebió lentamente mientras decía:
-Ahora ya no me importa nada contártelo. Ni si me crees o no. Desde que nació Oscar no me habías acariciado como lo has hecho ahora, porque desde entonces, o quizá desde antes yo había dejado de existir para ti. Intenté muchas veces acercarme, hablarte, acariciarte, pero era imposible. Nunca te he engañado. Todas las sospechas que tú dices haber comprobado, las fui creando yo intencionadamente para producirte celos, y así llamar tu atención. No había tenido en cuenta la posibilidad de que no me quisieras o nunca quise aceptarlo. Lo siento. Me ha salido mal… Me equivoqué. O quizás no…
-Pero..
-No. Ahora sí que todo ha terminado. No más mentiras.
-Por favor. Piensa en Oscar.
-En él pienso.
Se levantó despacio. Se dirigió hasta la puerta y se marchó.
-No te vayas. Por favor.
Esas fueron sus últimas palabras. Se quedó petrificada y una idea absurda le ocupaba la mente. Por primera vez creía estar enamorándose de él.
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12. Cena poética MARZO 2012 "El vino"
Poemas de Pepa Parra
DÍAS DE VINO Y ROSAS
La vida habrá de darme más rosas y más vino.
Habré de ver el mar desde el puerto de Rodas
una noche de agosto calurosa y festiva.
Todavía tendré del amor las guirnaldas
enredadas al cuello, y aún dormiré en los brazos
de un dios irreverente la ebriedad y el exceso.
Aunque tal vez mi cuerpo descubra entonces marcas
del dolor, ademanes que la piel no derrota,
la vida habrá de darme mi parte del asombro.
JOSEFA PARRA
_______________________________________________
MARTES DE FERIA
Imagínate, amor, que se enciende la noche,
súbita
ascua de desafíos y delirios.
Imagínate entonces que nos miramos, solos
nosotros en el mundo
y alrededor la música.
Que el vino nos desvela un camino secreto,
una vereda estrecha sobre la piel. Tenemos
el tiempo de un eclipse para reconocernos.
Cómo
desviarnos entonces, cómo cerrar las puertas,
cómo no comprender que hay un momento,
breve, para sentirnos infinitos.
Imagínate, amor, que es esta noche.
Cuánto
milagro entre dos cuerpos, cuánta llama,
cuánto desequilibrio.
Qué hermosura.
JOSEFA PARRA
La vida habrá de darme más rosas y más vino.
Habré de ver el mar desde el puerto de Rodas
una noche de agosto calurosa y festiva.
Todavía tendré del amor las guirnaldas
enredadas al cuello, y aún dormiré en los brazos
de un dios irreverente la ebriedad y el exceso.
Aunque tal vez mi cuerpo descubra entonces marcas
del dolor, ademanes que la piel no derrota,
la vida habrá de darme mi parte del asombro.
JOSEFA PARRA
_______________________________________________
MARTES DE FERIA
Imagínate, amor, que se enciende la noche,
súbita
ascua de desafíos y delirios.
Imagínate entonces que nos miramos, solos
nosotros en el mundo
y alrededor la música.
Que el vino nos desvela un camino secreto,
una vereda estrecha sobre la piel. Tenemos
el tiempo de un eclipse para reconocernos.
Cómo
desviarnos entonces, cómo cerrar las puertas,
cómo no comprender que hay un momento,
breve, para sentirnos infinitos.
Imagínate, amor, que es esta noche.
Cuánto
milagro entre dos cuerpos, cuánta llama,
cuánto desequilibrio.
Qué hermosura.
JOSEFA PARRA
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12. Cena poética MARZO 2012 "El vino"
Crónica de la cena poética MARZO 2012 a "El vino"
El viernes, 2 de marzo, nos reunimos de nuevo en la Calle Caballeros, 10, un grupo de amigos y amigas para celebrar con vino textos ( y canciones) en torno a él. Estuvimos juntos Juanjo, Belén y yo ( de los asiduos de siempre) y se unieron a esta cena y esperamos que a algunas más Jorge Garrido, Antonio Flor y Pepa Parra. Un lujazo compartir, escuchar, desnudarnos con y ante el vino. Al ser la primera vez que el grupo se reunía y para algunas personas su primer encuentro con otras, el ambiente íntimo lo fue semiíntimo pero creo que algunas que otras chaquetas y gorros fueron cayendo. Las faldas nos las dejamos en esta ocasión.
El menú de rechuparse los dedos, con Juanjo como chef y Mon como pinche consistió en :
- Andanas de cabrales a la sidra y paté al oloroso,
- ternera con ciruelas al Pedro Ximénez y
- uvas con queso de tetilla y membrillo casero, acompañadas de Vino dulce Porto.
Una gozada y un placer sobre una mesa grana como el vino.
Nuestro blanco sofá compañero dio paso, después, al verdadero postre: Juanjo nos entretuvo con un relato sobre las relaciones de pareja, Mon literaturizó su parto bajo el título "Él vino" ( en fin, un poquillo de trampa y tal), Pepa nos leyó algunos de sus poemas donde el vino aparecía como eje o de refilón, Belén escribió un texto dedicado a su hermano muy emotivo y Jorge nos hizo reir con diez décimas juguetonas con el nombre de Mon y la cantidad de denominaciones de origen que lo contienen. Antonio Flor esta vez musicó un poema de Pepa y nos ofreció canciones de otros. La próxima le toca también escribir que yo sé que lo hace muy bien.
Charla agradable, intercambio de experiencias, placeres en forma de libros, autores, cantantes... y un ambiente muy relajado.
Echamos de menos a Jesús y Mimi que casi nunca se pierden una y, por supuesto, a María José que este año nos preparará una cena poética en Toulousse ¿el seis de mayo?... por si alguien más se apunta ( ¿a qué sí, meri jo?). Se rompió la familiaridad de siempre para renovarnos con nueva gente fantástica y abierta al juego de escribir, contar, deshacerse y rehacerse en palabras. Nos gustó mucho.
Antonio propuso el siguiente tema para la próxima. La muerte. Contundente. Sugerente.
Para rendirle honor hemos elegido el viernes, 13 de abril, para reunirnos de nuevo.
Y, para terminar, tras unas cuantas fotos fallidas, como cinco o seis ( el vino que ya empezaba a hacer su efecto) terminamos la sobremesa de la cena sobre las dos de la mañana, despidiéndonos, intercambiando datos los que no se conocían e hicieron buenas migas y sacándonos "la foto" elegida para recordar este día que tenéis encabezando esta minicrónica.
Gracias, amigos y amigas, como siempre, por estar y compartir. Es un lujo teneros cerca.
Y, por último, os dejo un poema que escribió Jorge Garrido tras la cena y nos envió. Me parece precioso y relata su perspectiva, complementaria y mucho más literaria que esta mía que os dejo en forma de crónica, sobre su vivencia de esta su primera cena .
CALLE CABALLEROS, Nº10
Pretendo una razón por no seguirte
y mil caminos se abren a perderme
tras tus huellas, prendido de temores,
brocales al alud de mi caducidad.
Es tu mirada un campo de tacto nuevo,
y tu presencia inadvertido abrazo
en el que me hundo, niño perdido
en el cálido hueco de otra Sara Vial
que derramara sonrisas tan fecundas
como el resurgir metáforas inquietas
en las que lo real se nos confunde
bordado en el sentir, tan sinuoso,
que nos inunda sin ser visto.
No es comulgar palabras ese motor
ni compartir manteles la agonía
que tras el postre se agigante,
viene después la Voz sin más disfraz
que la desnuda imagen de sentirnos
al desamparo grato de los versos,
ser los histriones sin guión ajeno,
pletórica y sublime nube tan real,
feliz recuerdo ya, toda contagio,
donde las despedidas sin adiós
_y besos tan locuaces como innecesarios_
nos unen más que ese otro lazo
de Muerte cierta que nos espera.
JORGE GARRIDO
(4 Mar)
Pretendo una razón por no seguirte
y mil caminos se abren a perderme
tras tus huellas, prendido de temores,
brocales al alud de mi caducidad.
Es tu mirada un campo de tacto nuevo,
y tu presencia inadvertido abrazo
en el que me hundo, niño perdido
en el cálido hueco de otra Sara Vial
que derramara sonrisas tan fecundas
como el resurgir metáforas inquietas
en las que lo real se nos confunde
bordado en el sentir, tan sinuoso,
que nos inunda sin ser visto.
No es comulgar palabras ese motor
ni compartir manteles la agonía
que tras el postre se agigante,
viene después la Voz sin más disfraz
que la desnuda imagen de sentirnos
al desamparo grato de los versos,
ser los histriones sin guión ajeno,
pletórica y sublime nube tan real,
feliz recuerdo ya, toda contagio,
donde las despedidas sin adiós
_y besos tan locuaces como innecesarios_
nos unen más que ese otro lazo
de Muerte cierta que nos espera.
JORGE GARRIDO
(4 Mar)
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12. Cena poética MARZO 2012 "El vino"
"10 décimas de Mon y el vino" por Jorge Garrido
Busqué Denominaciones
de Origen que tiene el vino
y encontrélas a MONtones,
no es muy cortito el camino:
...
En caldos ya nada extraña,
consejos reguladores,
añadas y pormenores,
reflejan pródiga hazaña
de una tal MON por España
que se reparte en el mapa
como se pega una lapa
en una roca ostionera.
Comenzaré en ForMONtera,
¿Tierra firme? ¡No! ¡Isla guapa!
...
Cruzando el mar, a la vera,
esa que en cava lidera,
allí también, el MONtsán,
un pirriaque catalán
de modorra muy ligera.
Y en el vecino Aragón
también tiene nuestra MON
su firma de buena mano:
me refiero al SoMONtano,
de fría degustación.
....
No es tan lejos, galleguiña,
si tiras pal otro lao,
pues también es afamao
el de O MONte (en Santa Mariña)
parroquia de buena viña,
pan que con vino empalaga.
¡Ah, que me salgan cuatro llagas!
El de Baja MONtaná,
navarro, dejado atrás,
es un vino que te cagas,
...
Y Valdepeñas, en realidad,
se llamaba ValdeMON,
pero en tiempos del copón
alguna santa hermandad
hizo esa barbaridad:
¡cambió denominación!
_sabes que la inquisición,
lo que hace, bien está_
que también se vio afectá,
Jumilla y no JumiMON
.....
¿Y por tierras extremeñas?
¡No todo serán bellotas!
No pecaremos de idiotas
cuando hay uvas cacereñas,
más altas que las cigüeñas
en sabor y poderío,
sobran pantanos y río
frente al MONtánchez divino,
que en la dehesa este vino
te deja medio molío.
......
Sería tedioso largar,
enumerar tanta cuna
atinada y oportuna,
buen mosto y fértil lagar
en cualquier punto y lugar
que señale a la sazón,
que pasan, creo, del millón:
vinos de MONtereal,
MONtespejo, y especial
MONte Castro, suavón.
...
MONtecillo y no sé cuántos...
Vamos, que me voy a parar
en esta tierra sin par
de Andalucía y encanto:
MONastrel, uva esperanto
porque a todo el mundo une,
y ni Noé quedó inmune,
porque aquí es costumbre sana
fin de enófila semana:
sábado, domingo y lune.
....
De MONtilla, ¡qué buen plan!
o el famoso Sandeman,
que antes de la censura,
por acción de infesto cura,
tenía cierto ademán,
se perdió la SandeMON,
mujer de copa y mantón
y salió er tío de la capa,
que el vino aquí, tó lo empapa
desde Argantonio "el trompón".
...
No quiero ser tan cansino,
y, en vez de literatura,
sería de caradura
enumerar mosto y vino
olvidando el dulce o fino
de Domeq o de Caballero,
del Puerto, en Jerez es primero
lírica versión genial
con Caballero MONal
¡Lo mejor del mundo entero!
...
Este Jerez de remate,
Xerez de MONdegas buenas
que oliendo na más te llenas
o el Cherry de mil kilates,
no el otro, que es un tomate...
¡Ah, perdonen, por compasión,
que entre tanto y tanto MON,
beodo de alcohol y verso,
es detalle muy perverso,
olvidar al Don SiMÓN.
(1 Mar)
de Origen que tiene el vino
y encontrélas a MONtones,
no es muy cortito el camino:
...
En caldos ya nada extraña,
consejos reguladores,
añadas y pormenores,
reflejan pródiga hazaña
de una tal MON por España
que se reparte en el mapa
como se pega una lapa
en una roca ostionera.
Comenzaré en ForMONtera,
¿Tierra firme? ¡No! ¡Isla guapa!
...
Cruzando el mar, a la vera,
esa que en cava lidera,
allí también, el MONtsán,
un pirriaque catalán
de modorra muy ligera.
Y en el vecino Aragón
también tiene nuestra MON
su firma de buena mano:
me refiero al SoMONtano,
de fría degustación.
....
No es tan lejos, galleguiña,
si tiras pal otro lao,
pues también es afamao
el de O MONte (en Santa Mariña)
parroquia de buena viña,
pan que con vino empalaga.
¡Ah, que me salgan cuatro llagas!
El de Baja MONtaná,
navarro, dejado atrás,
es un vino que te cagas,
...
Y Valdepeñas, en realidad,
se llamaba ValdeMON,
pero en tiempos del copón
alguna santa hermandad
hizo esa barbaridad:
¡cambió denominación!
_sabes que la inquisición,
lo que hace, bien está_
que también se vio afectá,
Jumilla y no JumiMON
.....
¿Y por tierras extremeñas?
¡No todo serán bellotas!
No pecaremos de idiotas
cuando hay uvas cacereñas,
más altas que las cigüeñas
en sabor y poderío,
sobran pantanos y río
frente al MONtánchez divino,
que en la dehesa este vino
te deja medio molío.
......
Sería tedioso largar,
enumerar tanta cuna
atinada y oportuna,
buen mosto y fértil lagar
en cualquier punto y lugar
que señale a la sazón,
que pasan, creo, del millón:
vinos de MONtereal,
MONtespejo, y especial
MONte Castro, suavón.
...
MONtecillo y no sé cuántos...
Vamos, que me voy a parar
en esta tierra sin par
de Andalucía y encanto:
MONastrel, uva esperanto
porque a todo el mundo une,
y ni Noé quedó inmune,
porque aquí es costumbre sana
fin de enófila semana:
sábado, domingo y lune.
....
De MONtilla, ¡qué buen plan!
o el famoso Sandeman,
que antes de la censura,
por acción de infesto cura,
tenía cierto ademán,
se perdió la SandeMON,
mujer de copa y mantón
y salió er tío de la capa,
que el vino aquí, tó lo empapa
desde Argantonio "el trompón".
...
No quiero ser tan cansino,
y, en vez de literatura,
sería de caradura
enumerar mosto y vino
olvidando el dulce o fino
de Domeq o de Caballero,
del Puerto, en Jerez es primero
lírica versión genial
con Caballero MONal
¡Lo mejor del mundo entero!
...
Este Jerez de remate,
Xerez de MONdegas buenas
que oliendo na más te llenas
o el Cherry de mil kilates,
no el otro, que es un tomate...
¡Ah, perdonen, por compasión,
que entre tanto y tanto MON,
beodo de alcohol y verso,
es detalle muy perverso,
olvidar al Don SiMÓN.
(1 Mar)
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12. Cena poética MARZO 2012 "El vino"
"Brindemos juntos, hermano mío", por Belén Hernández
BRINDEMOS JUNTOS , HERMANO MIO
Siéntate conmigo aquí, hermano mío
y tómate esa copa de vino bendecida
y brindemos juntos por nuestras vidas
por nuestras almas.
Porque de donde tú vienes, yo vengo,
y donde tú lloras, yo lloro
y el vino puede salvarnos.
Aquí no caben los espacios de colores,
la inexplicable locura de una historia familiar
que se pierde en la penumbra de otras tantas.
El vino va a mecernos, hermano mío
y embriagará nuestra soledad y el miedo
mezámonos en el silencio que salpica
y mécete conmigo en su ternura
dejémonos mecer y en su amargura
abracemos de la mano aquí, esta pequeña muerte
que sentimos.
Coge tu copa
dame tu mano, y brindemos
porque sé de dónde vienes
y de ahí
yo vengo.
Siéntate conmigo aquí, hermano mío
y tómate esa copa de vino bendecida
y brindemos juntos por nuestras vidas
por nuestras almas.
Porque de donde tú vienes, yo vengo,
y donde tú lloras, yo lloro
y el vino puede salvarnos.
Aquí no caben los espacios de colores,
la inexplicable locura de una historia familiar
que se pierde en la penumbra de otras tantas.
El vino va a mecernos, hermano mío
y embriagará nuestra soledad y el miedo
mezámonos en el silencio que salpica
y mécete conmigo en su ternura
dejémonos mecer y en su amargura
abracemos de la mano aquí, esta pequeña muerte
que sentimos.
Coge tu copa
dame tu mano, y brindemos
porque sé de dónde vienes
y de ahí
yo vengo.
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12. Cena poética MARZO 2012 "El vino"
lunes 5 de diciembre de 2011
CRÓNICA DE LA CENA POÉTICA A LA FAMILIA, NOVIEMBRE 2011
El domingo 27 de noviembre nos reunimos en la primera cena poética del curso que, en esta ocasión, fue una comida. En C / Caballeros, 10 estuvimos Jesús Montero, Mimi, Mauro, Juanjo y Mon a donde trajimos nuestros textos en torno al tema de "La familia".
La comida, que intentó ser acorde al tema, constó de sopa de puchero, cocido y queso con membrillo; en fin, la típica comida que te pondría tu madre en casa, la típica comida familiar.
Disfrutamos mucho de vernos. Ya que nos hemos mudado a Jerez no tenemos tantas oportunidades como antes de compartir momentos entre nosotros y fue agradable y cálida la conversación aderezada por los llantitos de Rodrigo que no parecía del todo contento con tanta gente por casa.
Mimi se estrenó con una inquietante historia sobre una rotonda que no terminaba de trazarse y era curva constante, Jesús nos llevó a la Salamanca de unas decenas de años detrás en que vivió su infancia, Mauro enfocó la familia desde el grupo de referencia cerrado, estanco, Juanjo jugó con la idea de familias numerosas y de las anécdotas que en ellas suceden y yo leí unos poemas escritos durante mi reciente embarazo. Además Javier de Vejer estuvo presente con un texto que envió por correo y leí en su lugar y cuyo comienzo sugirió comentarios: "el verbo que se convierte en canto". Echamos de menos a nuestra querida María José, sobre todo, porque sin perderse una nos había acompañado desde el principio. A ver si en la próxima puede asistir de manera virtual desde Toulousse.
El gran sofá blanco nos sirvió de abrazo y hasta que anocheció contamos y recontamos. Un lujazo.
La próxima, a finales de enero. El tema: el vino.
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11. Cena Noviembre 2011 A LA FAMILIA
El comienzo de las fiestas por JESÚS MONTERO
Cada 8 de septiembre, siendo niño, acompañaba a mis progenitores a la misa que abría las fiestas dedicadas a la patrona de la ciudad, la Virgen de la Vega. Al principio también iba mi hermano, hasta que se hizo mayor. La ceremonia religiosa era muy preciada en mi casa como el punto de arranque principal de las ferias. Unos días que para nosotros lo eran de alegría y emoción. Por las mañanas, mientras no había clase, podíamos ver las calles llenas de gente, con el fondo musical de la gaita y el tamboril que acompañaba los bailes de la charrería y las carreras de los cabezudos. Por las tardes teníamos ocasión de acercarnos a los cacharritos de feria, al circo o al cine, que nos servían de amortiguador en el tránsito de las vacaciones al curso escolar, cuyas clases empezaban oficialmente el día 15.
La misa era oficiada en la Catedral Vieja por el obispo de la diócesis, que se rodeaba de un séquito de sacerdotes, miembros del cabildo en su mayoría, ataviados con sus relucientes ropajes de casullas, estolas y manípulos. Don Mauro, como se llamaba el obispo, llegaba al altar con su báculo en la mano derecha, la mitra sobre la cabeza y una reluciente casulla blanca de filigranas doradas. Frente a ellos, en las primeras filas, se situaban las autoridades civiles y militares. El gobernador civil y el militar, el alcalde y el presidente de la diputación, los jefes de los cuarteles de caballería y de ingenieros, el jefe de la base aérea de Matacán, los jefes de la guardia civil, la policía armada y la municipal, el comisario jefe de policía, el rector de la universidad, los presidentes de la cámara de comercio, de la hermandad de agricultores y ganaderos, y de los colegios profesionales, los delegados provinciales de los ministerios, de los sindicatos verticales, del frente de juventudes y de la sección femenina… Iban vestidos de gala con trajes de chaqué y uniformes, mostrando corbatas, gemelos, galones e insignias, y, en muchos casos, bigote. Los acompañaban sus esposas, también de gala y con sus mantillas de encaje sobre las cabezas. No podían faltar en uno de los momentos señalados del año en que era necesario hacer una demostración solemne de los poderes que, victoriosos tres décadas antes, habían sellado un pacto inmejorable por ventajoso. En ese día se escenificaba mejor que nunca, con todo su boato, la alianza de la cruz, la espada y el dinero. Como testigo, por conveniencia o por devoción, la feligresía que llenaba los bancos del templo o se apostaba de pie como mejor podía en sus naves laterales.
Y allí acudíamos, quizás por iniciativa de mi madre, que seguía así la tradición heredada de su familia cuando vivía no muy lejos de la catedral. También le gustaba mucho la música, que no faltaba nunca en ese acto, con el añadido de la presencia de dos de sus hijas en el coro. Una madre, en fin, devota, fiel al cumplimiento de los preceptos religiosos y en la asistencia al rito anual de la ceremonia solemne que se dedicaba a la que llamaba su virgen.
Mi hermano disfrutaba de la misa. A mí, por el contrario, la mayor parte del tiempo se me hacía insufrible. Su duración me parecía una eternidad, me provocaba aburrimiento y, en ocasiones, lo sentía como una tortura. El himno de la Virgen de la Vega, el canto eucarístico “Beberemos la copa” y el “Aleluya” de Haendel hacían que mi estancia fuera por ratos más llevadera. Eran tres de lo cantos que interpretaba un coro de voces acompañado de un órgano y una pequeña orquesta formada para la ocasión. Su nombre oficial, la Coral, lo pronunciábamos con el orgullo de tener en ella dos hermanas. Una, de tiple segunda, y la otra, de contralto. Decía mi hermano con picardía, que yo le acompañaba con una risita cómplice, que eran de las del “chum-chum la-la-la”, para diferenciarlas del papel más relevante de las tiples primeras.
No recuerdo cuándo se cantaba el himno dedicado a la Virgen, quizás lo fuera al final, pero sí mantengo el eco de su melodía y algunos pasajes de sus versos. Como el arranque tenue a base de voces femeninas: “Abre, madre, tus brazos / al hijo que a ti llega…”. O los emocionantes estribillos: “Salamanca te aclama, virgen de la Vega / tus vidas te ofrece, tus almas te entrega…”. Eran los momentos en que todo el coro, el órgano y los instrumentos de la pequeña orquesta resonaban con más fuerza en el amplio espacio del templo románico. Las bóvedas de su nave central y la espectacular cúpula sobre pechinas y cimborrio elevada desde el crucero acogían un sonido que si no me parecía salido del mismo cielo, al menos me sacaba de mi sopor y me emocionaba.
Para evitar derrumbarme entre canto y canto, paliaba la situación mirando a la pequeña, casi imperceptible para mí, imagen hierática de la virgen de madera bronceada que era motivo de celebración. Y ante todo, al grandioso fresco del Juicio Final que Nicolás Delli, llamado el Florentino, había pintado en el siglo XV sobre el cascarón del ábside. Un fresco que se superponía sobre el retablo donde se multiplicaban las escenas de la Biblia que el mismo artista y dos de sus hermanos plasmaron en tablas enmarcadas con molduras de motivos góticos.
Hacia ese cascarón miraba yo con la curiosidad de un niño al que no le habían dejado de hablar en casa y en la escuela del cielo y del infierno, y que el fresco me mostraba como la ocasión ideal para poder imaginarme cuál podía ser mi paradero futuro según hubiera obrado en la vida. Una escenificación del bien y del mal, presentados frente a frente entre sí. A la diestra de Jesús, que era mi siniestra, estaban quienes se salvaban. A la siniestra, mi diestra, quienes se condenaban.
Mi mirada apenas se fijaba en ese juez severo y gesticulante que, situado en la parte superior y central, emitía su veredicto rodeado de ángeles, mientras el Bautista y la Virgen, orantes, testimoniaban su autoridad. Más atención prestaba al tropel de ánimas benditas que con los brazos levantados y las manos unidas iban ataviadas con unas túnicas blancas y pulcras, mostrando el agradecimiento por el premio de la salvación. Pero donde mi mirada y mi atención se centraban era en los cuerpos desnudos situados en la parte derecha de la pintura que iban saliendo de sus tumbas y acababan siendo devorados por un gran monstruo con dientes espinosos, paladar rojo y cabeza verde, representación del diablo. Una atención, la mía, quizás morbosa en la contemplación de lo prohibido: la de los cuerpos desnudos, aun casi asexuados, que el catecismo nos señalaba como uno de los enemigos de la humanidad, esto es, la carne, el mundo –¿a qué se referirían?- y el demonio.
Me he preguntado muchas veces por qué esa mayor atención hacia lo escabroso del infierno en vez de centrarme en la dulzura del cielo. Por qué me fijaba más en los rostros aterrorizados de quienes caminaban hacia el abismo en vez de preferir el gozo de quienes habían alcanzado el reino de la felicidad eterna. Hace poco más de un año pude contemplar en Padova los frescos que Giotto pintó para la capilla Strovegni. Allí se encuentra representada otra escena del cielo y del infierno. Más clasista, eso sí, pues fue encargada por el hijo para salvar al padre pecador, un rico comerciante de la ciudad. Un tema recurrente en el mundo del arte, con una clara intencionalidad de buscar el efecto deseado. Durante casi dos milenios la Iglesia ha ido inculcando a generaciones y generaciones una conciencia moral para hacer del miedo uno de los pilares del control de nuestras vidas, presentando el premio final, pero a la vez resaltando la advertencia amenazante del mal. En la mente del niño que era yo surtió el efecto suficiente para creérmelo.
Pasado el ecuador de la liturgia y llegado ya el momento de la eucaristía, la letanía del canto “Beberemos la copa” me elevaba el ánimo. Hoy me parece una melodía simplona, plana y de ritmo cansino, con la repetición constante de un “Amén, Aleluya” como coletilla en cada estrofa. Puede que me atrajera por esa sencillez, que la hacía más pegadiza. Puede también que lo fuera por el hecho de coincidir con el movimiento de gentes que a ritmo procesional se acercaban en busca de la comunión que administraban el obispo y sus sacerdotes. Era el momento en que se rompía para mí la monotonía y lo que me parecía el paso lento del tiempo. En todo caso lo prefería al majestuoso “Aleluya” de Haendel, cuya mayor riqueza compositiva y armónica me podría parecer estridente. No lo era, sin embargo, para mi madre y mi hermano. “Hijo, dónde vas a ir parar. Es mucho más solemne y más bonito. Fíjate en las voces y en la orquesta cómo resuenan. Emociona mucho más”, me decía mi madre. “Pues a mí, no. Me gusta más el ‘Amén-Aleluyá’”, le contestaba.
A la salida del templo, después de casi dos horas de oficio religioso, me esperaba la alegría. En el paseo por las calles entre el bullicio de la gente podía ver a las charras con sus vestidos espectaculares de lentejuelas de colores, sus pañuelos blancos sobre la cabeza, y a los charros con sus trajes negros y austeros de chaqueta corta y sus gorros alados y cónicos en el centro. Desfilaban con las castañuelas al ritmo de la gaita y el tamboril, y de vez en cuando se paraban para bailar. También podía ver a los gigantes y al inmenso gargantúa apostados en la Plaza Mayor, y, por supuesto, a los temibles cabezudos. Hacerlo junto a mi padre, mi madre y mi hermano, mientras no se hizo mayor, me daba la seguridad suficiente para sentirme protegido, pero no para perder el miedo que llevaba por dentro. ¡Ay los cabezudos! ¡El terror que me invadía cuando en mi barrio oía a lo lejos el sonido del tamborilero que anunciaba su llegada! El Padre Lucas y la Lechera, a quienes cantábamos eso de “que venden leche por cuatro perras”. O el Negrito, la Bruja…, no recuerdo más… que se dedicaban arrear a diestro y siniestro con sus varas a la chiquillería.
Era un tiempo de miedo. O de miedos. Con el paso de los años, todavía niño, dejé de tenerlo de los cabezudos cuando en una ocasión me atreví a ir solo con ellos echando carreras para evitar los palos. Después, ya adolescente dejé de tener miedo al infierno y sus demonios cuando dejé de creerlos. Aunque al poco empezó otro miedo. Éste, sí, de carne y hueso. Provenía de las autoridades civiles y militares con las que habíamos coincidido mi hermano y yo en la misa en honor de la patrona de la ciudad. Ya no corría delante de los cabezudos, sino de los uniformados de color gris y porra en la mano. Más tarde, ya en otro tiempo, fueron cambiando las caras y las formas de las autoridades y a la vez, el color de los uniformes. Supe también que el Padre Lucas era en realidad una deformación puritana del Padre Putas, el mayordomo principal de la casa de la mancebía que hubo en mi ciudad siglos atrás. Y que la Lechera era, por así decirlo, la puta principal. En el tiempo de mi niñez, en vez de la casa de la mancebía, sí un barrio chino famoso lleno de casas y putas para todas las clases. Unas, para los hombres de bien; y las más, para el resto. Quién sabe, pero quizás en consonancia con la distribución de las almas que se hacía en el cielo y el infierno. En la capilla Strovegni así se ve, no hay duda. En la Catedral Vieja de mi ciudad, puede que no. ¿O sí? Qué más da. A mí ya se me pasó ese miedo.
La misa era oficiada en la Catedral Vieja por el obispo de la diócesis, que se rodeaba de un séquito de sacerdotes, miembros del cabildo en su mayoría, ataviados con sus relucientes ropajes de casullas, estolas y manípulos. Don Mauro, como se llamaba el obispo, llegaba al altar con su báculo en la mano derecha, la mitra sobre la cabeza y una reluciente casulla blanca de filigranas doradas. Frente a ellos, en las primeras filas, se situaban las autoridades civiles y militares. El gobernador civil y el militar, el alcalde y el presidente de la diputación, los jefes de los cuarteles de caballería y de ingenieros, el jefe de la base aérea de Matacán, los jefes de la guardia civil, la policía armada y la municipal, el comisario jefe de policía, el rector de la universidad, los presidentes de la cámara de comercio, de la hermandad de agricultores y ganaderos, y de los colegios profesionales, los delegados provinciales de los ministerios, de los sindicatos verticales, del frente de juventudes y de la sección femenina… Iban vestidos de gala con trajes de chaqué y uniformes, mostrando corbatas, gemelos, galones e insignias, y, en muchos casos, bigote. Los acompañaban sus esposas, también de gala y con sus mantillas de encaje sobre las cabezas. No podían faltar en uno de los momentos señalados del año en que era necesario hacer una demostración solemne de los poderes que, victoriosos tres décadas antes, habían sellado un pacto inmejorable por ventajoso. En ese día se escenificaba mejor que nunca, con todo su boato, la alianza de la cruz, la espada y el dinero. Como testigo, por conveniencia o por devoción, la feligresía que llenaba los bancos del templo o se apostaba de pie como mejor podía en sus naves laterales.
Y allí acudíamos, quizás por iniciativa de mi madre, que seguía así la tradición heredada de su familia cuando vivía no muy lejos de la catedral. También le gustaba mucho la música, que no faltaba nunca en ese acto, con el añadido de la presencia de dos de sus hijas en el coro. Una madre, en fin, devota, fiel al cumplimiento de los preceptos religiosos y en la asistencia al rito anual de la ceremonia solemne que se dedicaba a la que llamaba su virgen.
Mi hermano disfrutaba de la misa. A mí, por el contrario, la mayor parte del tiempo se me hacía insufrible. Su duración me parecía una eternidad, me provocaba aburrimiento y, en ocasiones, lo sentía como una tortura. El himno de la Virgen de la Vega, el canto eucarístico “Beberemos la copa” y el “Aleluya” de Haendel hacían que mi estancia fuera por ratos más llevadera. Eran tres de lo cantos que interpretaba un coro de voces acompañado de un órgano y una pequeña orquesta formada para la ocasión. Su nombre oficial, la Coral, lo pronunciábamos con el orgullo de tener en ella dos hermanas. Una, de tiple segunda, y la otra, de contralto. Decía mi hermano con picardía, que yo le acompañaba con una risita cómplice, que eran de las del “chum-chum la-la-la”, para diferenciarlas del papel más relevante de las tiples primeras.
No recuerdo cuándo se cantaba el himno dedicado a la Virgen, quizás lo fuera al final, pero sí mantengo el eco de su melodía y algunos pasajes de sus versos. Como el arranque tenue a base de voces femeninas: “Abre, madre, tus brazos / al hijo que a ti llega…”. O los emocionantes estribillos: “Salamanca te aclama, virgen de la Vega / tus vidas te ofrece, tus almas te entrega…”. Eran los momentos en que todo el coro, el órgano y los instrumentos de la pequeña orquesta resonaban con más fuerza en el amplio espacio del templo románico. Las bóvedas de su nave central y la espectacular cúpula sobre pechinas y cimborrio elevada desde el crucero acogían un sonido que si no me parecía salido del mismo cielo, al menos me sacaba de mi sopor y me emocionaba.
Para evitar derrumbarme entre canto y canto, paliaba la situación mirando a la pequeña, casi imperceptible para mí, imagen hierática de la virgen de madera bronceada que era motivo de celebración. Y ante todo, al grandioso fresco del Juicio Final que Nicolás Delli, llamado el Florentino, había pintado en el siglo XV sobre el cascarón del ábside. Un fresco que se superponía sobre el retablo donde se multiplicaban las escenas de la Biblia que el mismo artista y dos de sus hermanos plasmaron en tablas enmarcadas con molduras de motivos góticos.
Hacia ese cascarón miraba yo con la curiosidad de un niño al que no le habían dejado de hablar en casa y en la escuela del cielo y del infierno, y que el fresco me mostraba como la ocasión ideal para poder imaginarme cuál podía ser mi paradero futuro según hubiera obrado en la vida. Una escenificación del bien y del mal, presentados frente a frente entre sí. A la diestra de Jesús, que era mi siniestra, estaban quienes se salvaban. A la siniestra, mi diestra, quienes se condenaban.
Mi mirada apenas se fijaba en ese juez severo y gesticulante que, situado en la parte superior y central, emitía su veredicto rodeado de ángeles, mientras el Bautista y la Virgen, orantes, testimoniaban su autoridad. Más atención prestaba al tropel de ánimas benditas que con los brazos levantados y las manos unidas iban ataviadas con unas túnicas blancas y pulcras, mostrando el agradecimiento por el premio de la salvación. Pero donde mi mirada y mi atención se centraban era en los cuerpos desnudos situados en la parte derecha de la pintura que iban saliendo de sus tumbas y acababan siendo devorados por un gran monstruo con dientes espinosos, paladar rojo y cabeza verde, representación del diablo. Una atención, la mía, quizás morbosa en la contemplación de lo prohibido: la de los cuerpos desnudos, aun casi asexuados, que el catecismo nos señalaba como uno de los enemigos de la humanidad, esto es, la carne, el mundo –¿a qué se referirían?- y el demonio.
Me he preguntado muchas veces por qué esa mayor atención hacia lo escabroso del infierno en vez de centrarme en la dulzura del cielo. Por qué me fijaba más en los rostros aterrorizados de quienes caminaban hacia el abismo en vez de preferir el gozo de quienes habían alcanzado el reino de la felicidad eterna. Hace poco más de un año pude contemplar en Padova los frescos que Giotto pintó para la capilla Strovegni. Allí se encuentra representada otra escena del cielo y del infierno. Más clasista, eso sí, pues fue encargada por el hijo para salvar al padre pecador, un rico comerciante de la ciudad. Un tema recurrente en el mundo del arte, con una clara intencionalidad de buscar el efecto deseado. Durante casi dos milenios la Iglesia ha ido inculcando a generaciones y generaciones una conciencia moral para hacer del miedo uno de los pilares del control de nuestras vidas, presentando el premio final, pero a la vez resaltando la advertencia amenazante del mal. En la mente del niño que era yo surtió el efecto suficiente para creérmelo.
Pasado el ecuador de la liturgia y llegado ya el momento de la eucaristía, la letanía del canto “Beberemos la copa” me elevaba el ánimo. Hoy me parece una melodía simplona, plana y de ritmo cansino, con la repetición constante de un “Amén, Aleluya” como coletilla en cada estrofa. Puede que me atrajera por esa sencillez, que la hacía más pegadiza. Puede también que lo fuera por el hecho de coincidir con el movimiento de gentes que a ritmo procesional se acercaban en busca de la comunión que administraban el obispo y sus sacerdotes. Era el momento en que se rompía para mí la monotonía y lo que me parecía el paso lento del tiempo. En todo caso lo prefería al majestuoso “Aleluya” de Haendel, cuya mayor riqueza compositiva y armónica me podría parecer estridente. No lo era, sin embargo, para mi madre y mi hermano. “Hijo, dónde vas a ir parar. Es mucho más solemne y más bonito. Fíjate en las voces y en la orquesta cómo resuenan. Emociona mucho más”, me decía mi madre. “Pues a mí, no. Me gusta más el ‘Amén-Aleluyá’”, le contestaba.
A la salida del templo, después de casi dos horas de oficio religioso, me esperaba la alegría. En el paseo por las calles entre el bullicio de la gente podía ver a las charras con sus vestidos espectaculares de lentejuelas de colores, sus pañuelos blancos sobre la cabeza, y a los charros con sus trajes negros y austeros de chaqueta corta y sus gorros alados y cónicos en el centro. Desfilaban con las castañuelas al ritmo de la gaita y el tamboril, y de vez en cuando se paraban para bailar. También podía ver a los gigantes y al inmenso gargantúa apostados en la Plaza Mayor, y, por supuesto, a los temibles cabezudos. Hacerlo junto a mi padre, mi madre y mi hermano, mientras no se hizo mayor, me daba la seguridad suficiente para sentirme protegido, pero no para perder el miedo que llevaba por dentro. ¡Ay los cabezudos! ¡El terror que me invadía cuando en mi barrio oía a lo lejos el sonido del tamborilero que anunciaba su llegada! El Padre Lucas y la Lechera, a quienes cantábamos eso de “que venden leche por cuatro perras”. O el Negrito, la Bruja…, no recuerdo más… que se dedicaban arrear a diestro y siniestro con sus varas a la chiquillería.
Era un tiempo de miedo. O de miedos. Con el paso de los años, todavía niño, dejé de tenerlo de los cabezudos cuando en una ocasión me atreví a ir solo con ellos echando carreras para evitar los palos. Después, ya adolescente dejé de tener miedo al infierno y sus demonios cuando dejé de creerlos. Aunque al poco empezó otro miedo. Éste, sí, de carne y hueso. Provenía de las autoridades civiles y militares con las que habíamos coincidido mi hermano y yo en la misa en honor de la patrona de la ciudad. Ya no corría delante de los cabezudos, sino de los uniformados de color gris y porra en la mano. Más tarde, ya en otro tiempo, fueron cambiando las caras y las formas de las autoridades y a la vez, el color de los uniformes. Supe también que el Padre Lucas era en realidad una deformación puritana del Padre Putas, el mayordomo principal de la casa de la mancebía que hubo en mi ciudad siglos atrás. Y que la Lechera era, por así decirlo, la puta principal. En el tiempo de mi niñez, en vez de la casa de la mancebía, sí un barrio chino famoso lleno de casas y putas para todas las clases. Unas, para los hombres de bien; y las más, para el resto. Quién sabe, pero quizás en consonancia con la distribución de las almas que se hacía en el cielo y el infierno. En la capilla Strovegni así se ve, no hay duda. En la Catedral Vieja de mi ciudad, puede que no. ¿O sí? Qué más da. A mí ya se me pasó ese miedo.
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